Risas que terminan en llanto, besos que muestran ternura y celos, cuerdos que juran estar en la plena locura, incrédulos que no cree ni en sí mismos, este es el mundo en el que vivimos, donde todo cuenta, los pasos del día a día, las piedras con las que tropezamos continuamente, pero de las que finalmente, algunos conseguimos levantarnos con fuerza, pero en las que otros jamás se volverán a levantar. En un instante, pertenecemos del mundo y de que los que se quedan nos busquen en su más profundo interior. Una mirada sincera que nos abre fácilmente mil puertas y otra que se interpone en nuestro camino. El bien o el mal, lo justo o lo injusto, la verdad o la mentira, el amor o el odio, la perdición o la maldición, todos ellos salen de nosotros, rápidos, fugaces, desaparecen al instante o pueden perdurar toda la vida.
En mi mundo hay batallas difíciles en las que todo se pierde, pero de las que se aprende, vivo entre el bien y el mal, porque cometo errores, cosas que me prometo y nunca cumplo, pero también, doy cariño sin préstamo alguno, ayuda en el momento oportuno y vida al que la necesite. No sé quién soy, pero sé que estoy por algo en este indeciso mundo. Me defiendo con palabras, en vez de con una espada, aunque a veces llore por las críticas de mi forma de luchar, actuó rápido sin pensármelo dos veces, jamás dudo tengo el paso firme y no retrocedo, recordando momentos que me dan apoyo y fuerzas para seguir luchando en la batalla, por volver a ver a las personas a las que quiero
Morir… no existe en mí, sino, nacer cada día.
Los simples mortales, en realidad, somos los dioses y diosas que vivimos en un mundo sin terminar donde la pieza final, la ponemos nosotros mismos.
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